Pues ya iniciaron las clases, el primer día fué algo extraño. No me apetece esperar a que llegue el profesor fuera de tiempo, pero mientras permanecía frente al salón de clases, el sol de la mañana me obligó a buscar sombra, y cuando más me encontraba ensimismado en mis pensamientos, fuí interrumpido por los pasos nerviosos de un personaje algo singular: Un chavo algo pasado en kilos sosteniendo una crisis nerviosa que lo mantenía caminando y hablando a los destellos de su mente reflejados en las aristas del viento. Me entretuve observando de reojo sus reacciones, se golpeaba quedamente en la cara mientras respondía a sus voces. Me preguntaba si esto era un signo que debía interpretar cuando de pronto, a lo lejos ví una silueta que me pareció familiar: Pelo teñido, minifalda, medias negras y botas obscuras. Un recuerdo lejano y conocido me asaltó a la mente cuando ví que se dirigía hacia donde yo estaba. Mientras tanto mi emoción trepidaba con mis voces ajenas a las del personaje que rondaba nervioso a mi lado dando tumbos en el aire y casi sin notarlo comenzé a reflexionar sobre la variedad de caracteres que tenía que explorar en los años venideros. Poco duró el sobresalto, ya que la cercanía con esa silueta que caminaba hacia donde yo estaba se tornó irreconocible. Pensé entonces que no había porqué volver a las máscaras que nos permiten sobrevivir y permanecí tranquilo al confirmar que en el mundo tenemos un doble más o menos bien hecho de cada uno de nosotros. Sólo resta esperar, quizas empujar un poco a la suerte, pero siempre habrá oportunidades para vernnos reflejados en el otro. Aunque parezca sencillo no lo es. Hay quienes necesitan de una palabra amigable aunque lo nieguen, hay quien se prueba en este caldo de emociones algunas veces discretas y otras muy evidentes que gritan por un pedazo de atención. Parece que dicen: existo, soy. Soy porque existo… y nada más.
Al fín se presentó el profesor. Aquél viejo fantasma intentó integrarse mientras hablaba a sus voces en la mente, de nuevo me dije si era algo que debía interpretar. A veces pienso que no estoy muy lejos de la locura, porque veo cosas que parecen pasar desapercibidas por quienes me rodean, es más, ni se dan cuenta de lo que les rodea, ¿será que no hemos hablado directamente sobre esto? Me gustaría hacer un buen día este experimento. Porque supongo algunas cosas que de seguro afloran cuando se hablan de manera seria y discreta, dejando de lado la insoportable levedad que construímos. Pero este juego que todos jugamos parece ser demasiado poderoso para lo cotidiano. El único espacio que tenemos es entonces hablar sin palabras, – pues muchas de las veces sobran- y dibujar la línea que revela el estado de ánimo o el alcance de visión. Hasta el momento sólo le he visto tímidamente oculto en algunos trazos, que igualmente pienso no es el momento aún. Así que espero, hasta que la línea de aquél dibujo comienze por madurar. Ardo en deseos de platicar con esa voz que perdura. Lo primero que haría es invitarle a pasar a un buen rincón que tengo reservado, en la azotea del edificio más alto de la ciudad, para contemplarle juntos en su magnificente ignorancia. Tengo una buena botella de vino tinto que aún no he destapado. ¿Estamos…?
